Ahí subimos, por el camino de Los Arneros, junto a esta vega ancha donde los prados hormiguean de berros bajo el espejo de las presas, al encuentro de este pueblo señorial que pertenece al Quinto de Arriba, en la antigua subdivisión de La Mediana.
En Villanueva tenía casa el Escribano del Concejo, hasta el año 1800, y aportaba al mismo uno de sus legendarios Hombres Buenos. Maestres de órdenes religiosas, capitanes de caballos, nobles de ´armas pintar´ y otros ilustres antepasados enlazaron a los habitantes de este pueblo con las epopeyas de los arrieros, la primera emigración a gran escala de los indianos, su actual repliegue demográfico, que hizo redactar a un hijo del pueblo este cuarteto:
Vieja Villanueva, con sus habitantes,
con su cantinela de hidalguía añeja
donde iba la ronda por cualquier calleja:
Ya no volverás a ser la de antes
José Castañeda, de su libro Viento estival
Editado en Ciudad de México.
Nostalgia tantas veces repetida, al repasar la historia de estos pueblos del altofrío, cuya transparente belleza se une indisolublemente a su olvido. En la ruta a Piedrafita, a 3,0 kilómetros de Cármenes y en la cota de los 1.200 metros, tiene por fiesta parroquial el día del Corpus, aunque su iglesia esté dedicada a San Andrés.
Villanueva de Pontedo ofrece al visitante muchos rincones para gozar: allí perduran las imponentes ruinas de la mina prerromana La Providencia, réplica de La Profunda de Cármenes, que en los inicios del siglo XX registró nuevo esplendor, al valorizarse sus minerales de cobre y de cobalto.
En la umbría del pueblo cae desde lo alto una impresionante cascada de agua, interrumpiendo con su desplome la serenidad de la vega. En las calles del pueblo sorprendemos piedras que datan su pasado, arcadas y aspilleras, cruces y tréboles, y dentro de la iglesia el espacio más íntimo del arte popular que nos brindan alhajas como su palio bordado en hilos de oro y seda por sus mujeres.
Rosas y espigas del pasado, aromas que perduran al paso implacable del tiempo.