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En el vértice
sur del triángulo, Devesa hace honor a su toponimia de ´vega
cultivada´, y cierra el Valle del Curueño, con la fastuosidad
de una vegetación exuberante. Las casas adelgazan cada vez más la piedra, a medida que la ribera toma distancia con la montaña, y solo los cimientos son aquí de cantos rodados, sustituidos de inmediato por el adobe, que da a las viejas calles del pueblo una pátina de oro gastado. Su iglesia
arma espadaña con nido de cigüeña; otra señal
de identidad de estos dominios de verde y agua, y celebra fiesta patronal
por San Miguel, que cae el 8 de mayo, en plena eclosión de la
naturaleza. Ezequiel Sánchez nos acompaña al punto de encuentro de los ríos, y se lamenta, con la clarividencia de los hombres del entorno rural, abandonados a su suerte:
Ezequiel procede de Riaño. Es un testigo de la decadencia del mundo rural. A su edad sigue añorando el nacimiento de los ríos, el orégano, el te de peña, la trocha del oso, el canto del urogallo, los picos martirizados de la cordillera. Pero añora, sobre todo, la vida comunal que aún le tocó en suerte protagonizar, cuando llegó a Devesa, y se quedó ya para siempre en su ´triángulo mágico´, para testificar su arrumbe por un modelo de vida que nuca será el suyo. Todos, como Ezequiel, llevamos a cuestas nuestra añoranza. |
"Sonido
fluvial" |
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