Enclave dulce, que baña pies en el Curueño y perfuma callejas por las laderas que dan al monte, el pueblo de Montuerto es equilibrio de montaña y vega, historia y geografía, tradición y piedad.
Este ramaje heterogéneo de piedras y árboles, aguas y ruinas, puede abarcarse en su conjunto, si el viajero accede a Montuerto una mañana de 14 de mayo, cuando los vecinos parten de la iglesia, para ascender la milenaria Calzada romana, que sube entre guijarros y rosales silvestres. Llevan en andas la imagen de la Virgen, y se dirigen a la explanada del Castillo... (De Arbolio, dicen unos, con poco fundamento) ... mejor decir que de Montuerto, para evitar polémicas.
A su Virgen la llaman de Soelcastillo, (talla del siglo XVI) pues su ermita se situó en las inmediaciones de la fortaleza, hoy cementerio aún en uso. Unas volutas de arcada gótica trepan por la cornisa de la piedra tapial.
Gótica procesión, hasta la entraña del medioevo, con las canciones religiosas aún redimidas del olvido, por el mismo camino que diseñó el romano, con cantos empotrados y contrafuertes de caliza, que pespuntean de verde las hierbas salvajes.
Montuerto tiene como patrono a San Roque, que es el 16 de agosto, pero su fiesta palidece ante este acto mariano, de descarnada hechura. El cortejo gana la puerta del cementerio, conteniendo el jadeo de la ascensión, reza un responso por los muertos, y quienes aún viven entonan el himno a la Virgen de la Montaña, con la extraña pregunta que anda en la estrofa : Hermosa Virgen, ¿ qué haces aquí ?
Rara interpelación de quienes viven en este paraíso, donde se anudan las coordenadas de hidalguía y belleza.
Desde este mirador alzado sobre el río, se ve, a lo lejos, el dibujo dormido de la llanura, los tejados rosáceos de las casas de piedra, las callejas torcidas, los escudos heráldicos diseminados en las tapias, y aún los robados ... ( Se fueron a Madrid ) , dicen con pena.
Todos los vecinos de Montuerto, (Sierras, Garcías, Suárez o González) se declaraban en padrón como nobles notorios. Son los mismos de ahora; parecen regresados de un viaje nunca hecho. Las calles, como entonces, están empedradas y caen al río.
Allí Sines montó el mesón Tagüima, para unir verde y agua. El río del olvido se remansa y aquieta . Se hace allí inolvidable.